miércoles 17 de marzo de 2010

Ojo con el inframundo

Hoy fui al oculista. Fue una visita bastante interesante, y por interesante quiero que entiendan larga y aburrida. La cita era a las 9:30 y como somos muy puntuales a esa hora llegamos. Salimos a las 2:00. Esas son cuatro horas de mi vida que no voy a recuperar.

En el inter, pasé de consultorio en consultorio siguiendo un desfile de chalanes que obligadamente te tienes que soplar antes de que te honren con la (brevísima) presencia del mero mero, que llega exclusivamente para confirmar el diagnóstico hecho por su súbdito. Y luego se echa 700 pesos a la bolsa. En su defensa debo decir que para llegar a tener un consultorio de ese tamaño, ese número de pacientes, y súbditos para repartir, debes primero ganártelos con tu reputación y como se diría coloquialmente “con el sudor de tu frente”, así que no dudo que sea muy buen médico.

Lo realmente interesante fue cuando nos subieron a un elevador para llegar a otra sala de espera. Estaba casi llena, pero se veía un huequito entre una señora de tamaño considerable, y un viejito. Un huequito justo para dos. Una vez que nos sentamos se hizo evidente que nos faltaban nuestros suéteres, por lo que mi madre tuvo que ir por ellos. Cuando quiso regresar a la planta baja no pudo, porque el elevador no se movía. Resulta que no bajaba porque ya estábamos abajo. ¿Qué? Pero, ¿No acabábamos de subir? Podría haber jurado por mi vida, que ya conozco lo que se siente (casi) perder, que tomamos un elevador para ir a la segunda sala de espera.

Escuché claramente un turi-ruri-turi-ruri (al ritmo de Twilight Zone) y estaba a punto de gritar: ”¡Hay un hombre en el ala!” cuando una señorita nos explicó que lo que pasa es que la entrada del edificio se encuentra en la planta alta y en ese momento nos encontrábamos en una especie de inframundo en donde vive un especialista del que nunca había escuchado, disculpen mi ignorancia, el retinólogo. Los retinólogos se especializan en la retina, fíjese usted. La retina resulta ser una especie de forro interno del ojo. Fue lo único a lo que puse atención, porque, debo confesar que cuando de doctores se trata, “no oigo nada, soy de palo”. ¿Mal comportamiento, me reprocha usted? Consígase 7 tumores y luego hablamos, le respondo yo. Después de semejante barbaridad, creo que he ganado el siempre bien recibido, pero no siempre bien merecido, privilegio de hacer lo que en gana se me venga. Busqué la gana de escuchar al médico, pero no la encontré. Si la ve “por ay” se la queda, sivuplé, que yo ya me cansé. Salud.

1 comentarios:

  1. miedo.com!!! haha buen relato, mal por el libro y el tiempo =(

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